Y vuelve a vibrarme el párpado
y creo que es por tu culpa
que en momentos de altanería,
de inmensa y grandiosa furia,
me imagino el resplandor de la cuchilla
o de puerta permanente,
abierta de par en par,
invitando a que te ausentes.
No es por improperios
que la fuerza se me escapa.
No tengo la boca grande,
si acaso está encabritada.
Es mi mente en la que cuecen
juicios en ebullición.
La compra de ayer la hice
en el peor vendedor.
Con tus aires de inocencia
de madurez revoltosa,
sueltas con actitud airosa
carcajadas de indolencia.
Escusas que no remiten,
que no pasan por despistes,
que ya ni siquiera las vistes
de armaduras floreadas.
Impertinente daga
de tus labios de carmín
los que llevan hasta mí
esta gran fiera indomable.
Rabias
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