Todavía siento el aliento, la mirada gacha, las pocas palabras.
En contraste: las mías, siempre demasiado toscas, ruidosas, a raudales. La piel, la recuerdo. Y nada más. El anhelo de después, el eco constante. Las ideas, los deseos. Que no serán. O sí. No con esa piel, con otra. Con otros ojos, la sonrisa que todavía reinvento. ¡Qué poco conocimiento! Vuelvo a su imagen, la jugueteo. Me enternece y me molesta. La huelo y la deshecho. «Que se repita», pienso. La palabra «nunca» no la suelo usar. Si no es en esta vida, en otra será
Boca abierta
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