Ya no recuerdo el tono de tu voz. Tu peculiar ceceo se desvanece en mi cabeza, se mezcla entre recetas de cocina y tarareos infantiles.
Las notas que me dejas en las libretas de nuestros hijos son secas, estrictas. Ni un rastro de lo que éramos. A veces las hojas huelen a su perfume.
Suelo oír su risa desdeñosa cuando recogéis a los niños. Se queda sujetando la puerta del ascensor. Cubriéndose con ella. Para que no la vea.
Otras veces ellos mencionan su nombre. Se les escapa. Un gélido temblor me recorre la columna vertebral cuando eso pasa. Después todo se me nubla. No suelo recordar lo que he hecho ese día. Pienso que no he sido yo, que no he estado en mi cuerpo. Que un fantasma húmedo ha penetrado en mi carne y ha conseguido que me desplace por la vida, que cumpla mis obligaciones, a duras penas, no sé con qué resultado.
Todo esto fue tu idea. Necesitabas completar la foto de familia. Pronto decidiste que yo desentonaba. Total, los niños no se parecen en nada a mi. Nadie debe notar que ella no es la madre.
Hoy has llegado puntual a recogerlos, como siempre. Tu mirada evasiva me desmorona, me enfurece y me condena.
Me gustaría ver tu cara. Oír el grito de pavor de tu nueva esposa por la mañana.
El sonido del despertador en la habitación. Insistente, inagotable.
No sé cuánto tiempo tarda en hacer efecto. Pero probablemente a esa hora temprana sus caritas ya estén frías, los bordes de sus labios morados. Como cuando eran bebés y los ingresaban en el hospital. Qué tiernos. Pero esta vez no hay vuelta a casa.
Ojalá te venga a la mente esa imagen. Los cuatro volviendo a casa. Ojalá ahí de pie, mirándolos, pienses en mí. Cuando era tu todo. Porque lo he sido. Aunque no quieras acordarte.